Cris Silva "La vida siempre mejora con solera o con burbujas compartidas"

Cris Silva "La vida siempre mejora con solera o con burbujas compartidas"

Cris Silva y yo no nos conocemos todavía en persona, pero tenemos una pequeña historia compartida que comenzó en 2023, cuando compró la camiseta Unfollow de La Maluska.

Después llegaron más cosas, pero lo realmente interesante de esta historia ocurrió cuando La Maluska apareció en una de sus newsletters. Fue entonces cuando descubrí sus maravillosos textos y me hice una pregunta: ¿cómo no había conocido a Cris Silva antes?

Anticuaria de vinos, sumiller, escritora, educadora, guía hedonista y mujer orquesta. Puede que esta sea una de las entrevistas más interesantes que he publicado en A un vino de quedarme por la honestidad y la personalidad de sus respuestas.

Estoy deseando conocerla en persona, pero mientras ese momento llega, aquí queda este retrato de una mujer que demuestra que el vino se puede contar desde muchos lugares.

¿Recuerdas el momento en el que el vino dejó de ser simplemente una bebida y empezó a ocupar un lugar emocional en tu vida?

Siempre digo que cambié el chip al vivir en Francia. De hecho, por esa forma que tienen de entender el vino como patrimonio, como cultura y como placer absoluto, no he podido evitar convertirme en la francófila hasta la médula que soy.

Sin embargo, he de confesar que con veintipocos tuve ya un tremendo flechazo al escuchar a Pitu, el sumiller del Celler de Can Roca, hablando de paisajes, de viticultores y de botellas. Por aquel entonces colaboraba en un programa llamado «En clau de vi», que se emitía en TV3, la televisión de Cataluña, para acercar el vino a todos los públicos de un modo entretenido.

No sé si me enamoré del vino o me enamoré de él, pero en ese momento decidí que yo también quería ser sumiller.

En Vinotellers y en Cuentos del vino hay una forma muy particular de contar el vino, alejada de la ficha técnica y más cerca de las personas. ¿Crees que el vino necesita menos expertos y más narradores?

Más personas que cautiven contando el vino, sean o no expertas, por favor. Desde una Jancis Robinson, que es más escritora que crítica, o una Sara Pérez, capaz de abrazarte y reconfortarte con cada sorbo de su vino rancio, guardián de la historia del Priorat, hasta un par de disfrutonas como lo fue Lola Flores o como lo es hoy Rosalía, que expresan su arte cantándole al vino.

 ¿Qué es lo que más te cuesta del mundo del vino actual?

Me da una pereza infinita el rollo casposo, excluyente y aburridísimo que se sigue perpetuando, disfrazado ahora de un cierto tipo de bebedores de unicornios y de pepinos. Ese cuñadismo sin criterio propio al que le encanta mostrar lo que se supone que hay que beber para ser alguien en el mundo del vino y que piensa más en lucir la botella que en disfrutarla con todos los sentidos.

¿Y qué es lo que todavía te hace quedarte?

A base de pico y pala he logrado crearme un traje a medida como anticuaria de vinos, que me permite vender vinos con historia y contar historias del vino.

Me explico: poniendo en valor el vino con más de una década de antigüedad a través de la e-shop de Vinotellers y contando relatos cortos con los Cuentos del Vino en Substack, uno dos pasiones que me definen: la búsqueda y la conservación de vinos de añadas antiguas y la escritura.

Porque el vino que añeja no es cosa de vieja, ¡eh! El vino antiguo no es viejo, es vintage. En palabras de una camiseta, de una sudadera o de un neceser de La Maluska, sería algo así como «Con solera y en mi prime» ;)

¿Cuándo fue la última vez que un vino te emocionó de verdad? No necesariamente el mejor. El que te removió algo.

Contaba hace unos meses que me sucedió como sucede buena parte de lo que deja huella. En una mesa. Con un Vin Jaune de Bénédicte y Stéphane Tissot que me cegó como si en la etiqueta hubiese leído «Bébeme» en luces de neón y un poulet aux morilles —con salsa del mismo vino para acompañar al pollo con colmenillas— del que parpadeaba otro letrero que me decía «Cómeme».

Influyó el frío y lluvioso paseo matutino que cortaba el aliento por el viñedo del que provenían sus uvas, y también el reposo desde la víspera de un guiso que, recalentado, sabía aún mejor.

O puede que todo fuese fruto del colocón que llevaba ese día tras horas respirando el amoniaco que desprendían las ruedas de Comté afinadas en un antiguo fuerte militar, rodeado de nieve, a mil y pico metros de altitud en la frontera con Suiza.

Fuera como fuese, me dejó tan maravillada que ese vin jaune ya es un básico de mi nevera de vinos.

¿Qué tiene que tener alguien para que pienses: "Esta persona entiende de vino", aunque no sepa nada técnico?

Da igual que se trate de un coleccionista pro o de un amateur que acaba de caerse en la madriguera del vino; para mí, alguien entiende de vinos cuando no puede ocultar que tiene el superpoder de la sensibilidad.

Sin importar que esta sea femenina o masculina, una persona entiende cuando, sin contar con conocimientos técnicos, es capaz de apreciar un vino tal y como aprecia una obra de arte, un paisaje o un plato.

 Hay mucha gente intentando enseñar vino. Muy poca intentando hacerlo sentir. ¿Eso se aprende o es una forma de mirar?

Siento que se trata de una forma de mirar que nace de las tripas. Aun así, se pueden poner gafas para ver el vino con otros ojos que lo nutran de distintos mundos, como, por ejemplo, la literatura, el cine, la música o el diseño. Aprendiendo de fuera para volver a dentro.

¿Qué parte de ti aparece cuando escribes sobre vino y cuál escondes?

Cuando yo escribo de vinos aparece mi espíritu más pétillante. Es una palabra que adoro, ya que en francés define tanto a las bebidas chispeantes o burbujeantes como a las personas vibrantes.

Intento impregnar cada palabra de esa chispa de la niña que se lo pasaba bien leyendo y escribiendo cuentos y hago todo lo posible por esconder los tecnicismos del vino.

¿Cuál es tu frase favorita de La Maluska?

Como champagnelover y sherrylover que me considero, tengo el corazón dividido entre dos frases que son mis preferidas: «Menos celos, más Selosse» y «Manzanilla is not camomila».

Porque, tal y como los definía Josep Roca, ambos son vinos festivos, complejos y versátiles que necesitan gestionar el tiempo en penumbra.

Los dos tienen las mismas cualidades, pero esencias distintas: la segunda oportunidad que surge en cada botella de champagne y el duende que se cría en cada bota de jerez.

Y para terminar, la pregunta obligada de esta casa: ¿con qué vino te quedarías en cualquier lugar y contexto?

Tengo un placer no culpable que he transformado en el ritual de los viernes y es que, sí o sí, descorcho unas burbujas distintas cada semana.

Para esta buena costumbre me quedo con las burbujas jerezanas de Viña El Corregidor de Carrascal, que elabora Willy Pérez.

Aunque, oye, si alguien se quiere presentar en casa con un Substance de Selosse, es más que bienvenido.

La vida siempre mejora con solera o con burbujas compartidas.

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